Audiencia conection (y 2).- Desayuno con… Grande-Marlaska

Por cierto, este es un estado de drecho «moderno», aunque se celebren juicios del siglo 15 como bien dice Josetxu en Izaronews:

«Lunes 24 de Septiembre de 2007

Josetxu Rodríguez, en «Caduca HOY» Deia

adierazpenEl despacho que el juez Grande-Marlaska ocupa en la Audiencia Nacional necesita una mano de pintura. Lo sé porque he estado allí durante 20 minutos, sin otra cosa que hacer que mirar las paredes mientras dos secretarias luchaban con el ordenador para confeccionar el documento que yo debía firmar. Era el epílogo de una mañana que empezó como una película de Groucho Marx y terminó como una de Alfredo Landa. Les cuento.

Tras conseguir que Nicola Lococo aceptara una abogada de oficio, no sin gran resistencia por su parte, ya que prefería declararse culpable directamente, una funcionaria les acompañó al despacho del magistrado. No sé qué le diría al juez, pero no habían pasado ni cinco minutos cuando la misma persona salió para invitar a Txema Montero, nuestro letrado, a estar presente también en la declaración de Nicola. Para entonces, el teólogo y «presunto filósofo», según le define la querella, había empezado a divagar sobre las distintas acepciones de la palabra ”mequetrefe” y el enfrentamiento de los borbones con los merovingios, que según él es el origen de la obsesión del monarca por matar osos. Es decir, que Nicola, que se presentó sin abogado, acabó asistido por dos, quizá porque el juez pensó que él solo no sería capaz de amordazarlo. Acto seguido le tocó el turno a mi compañero Javier Ripa, que a punto estuvo de ser considerado prófugo, ya que el pestillo del retrete se atascó y durante un buen rato estuvo desaparecido en combate. Como el fiscal, que no se presentó y, curiosamente, nadie envió a la Guardia Civil a buscarlo como habrían hecho con nosotros.

Por lo que supe después, Ripa contestó a las preguntas del magistrado con tanta precisión, concisión y omisión que, cuando me tocó el turno, Grande-Marlaska propuso no repetir el interrogatorio para ahorrar tiempo y, simplemente, hice alguna apostilla a sus respuestas. En 30 segundos habíamos terminado. ¿Y los 18 minutos restantes? Pues allí estuvimos esperando a que la lucha contra la informática diera sus frutos: «Copia las preguntas, decía la secretaria. No, así no. Espera, que he perdido el documento, decía la otra. No lo has perdido, está en el escritorio. Pero ésa, ¿qué versión es? ¡Ay, ha desaparecido todo! Trae, déjame a mí».

-¿Llamo a alguien para que les ayude?, sugirió el juez.

-No, gracias, que ya terminamos. Bueno, casi, porque no encuentro el icono de la impresora…

Pasados unos minutos Marlaska volvió a preguntar con una paciencia digna de mejor causa: ¿Quieren que les ayude?

-No, aunque no sé…

Mientras, Montero y un servidor guardábamos un respetuoso silencio. Un asombrado silencio, más bien. Me entretuve echando un vistazo al amplio despacho. Un cuadro del Rey nos miraba desde uno de los rincones, un tanto ceñudo. Junto a él, la foto de un magistrado asesinado por ETA. Tras el sillón del juez colgaban distintos cuadros: una viñeta enmarcada de Tasio, el dibujante de Gara; una ilustración de la araña del Guggenheim y otra de la esfera de Oteiza, frente al Ayuntamiento de Bilbao… Sobre una de las mesitas auxiliares, la fotografía del magistrado con Gorka, su marido; y junto a ella, la de su gato Otto y su perrita Cira. Como pisapapeles, una pirámide de mármol verde.

Por un momento pensé: ¿Qué coño hago yo aquí, en un proceso del siglo XV ante un juez del siglo XXI? El sonido de la impresora me dio la respuesta.

¿Continuará? »

Saludotes.

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